Mi vida

Ella era, al fin, libre.

 

Al terminarse, dolió. Dolió como debió doler. Aunque no terminó del todo, seguían en comunicación. Él con esperanzas de regresar si se equivocaba, quería que todo fuera igual. Ella con esperanzas de que jamás volviera, creía que nada sería igual. Él se convirtió en el demonio que siempre presumió ser y jamás demostró, hasta ahora. Ella se convirtió en una persona sin valor alguno, inmunda, intentando ser fuerte ante los ataques de él.

Nada resultó, ella no aguantó y perdió la batalla, tirada en el suelo cubierta de sangre, lapidada. Quería salir pero su corazón no se lo permitía, lo adoraba. Ella misma entró en ese pozo, ella misma ató sus manos para no salir, para evitar defenderse de las piedras que él arrojaba, quería castigarse y lo permitió todo.

En esa batalla murió algo en ella. Y su vida ya no era la misma, vivía intranquila, desesperada, insegura, a la merced del hombre que tanto amor le profesó y ahora parecía odiarla. No le quedaban fuerzas para siquiera pensar en nada más.

Desfallecida, moribunda quedo sumergida en un sueño dónde podía revelarse ante a su captor, ella tenía la decisión final, ella podía ponerle fin si así lo deseaba. Y se armó de valor , despertó adolorida y sin energía, balbuceó algo, murmuró algo más, y después de un rato comenzó a gritar, gritaba de dolor y de rabia ante aquél demonio que le hacía daño por sentirse herido y con derechos. Él, confundido, no supo como reaccionar, se preocupó, ya no la tenía bajo su control y sólo decidió alejarse. Ella finalmente pudo respirar, descansar, y se liberó de la atadura en sus manos, y salió del pozo en el que estaba metida y empezó a dar pasos contemplando el lugar de su deshonra, contemplo su sangre seca, sus heridas, su vestido sucio. Y decidió no volver más a ese lugar, no volver al pozo. Después de todo, se liberó y fue un gran logro.

Escuchó un llanto, se volvió para buscar de dónde provenía y finalmente se cruzó con una mirada cargada de odio. Su demonio tenía un rasguño en su pecho que ella provocó. Ella lo abrazó, le sonrió con ternura e intentó curar su herida, el demonio no lo permitió, gruñó y la observó con odio. Ella se entristeció y comprendió que dejarlo solo era mejor, caminó, alejándose de él para no causarle más dolor, mientras lo hacía volteaba constantemente hacia atrás observando al demonio y su mirada penetrante, el lugar cubierto en sangre y suciedad, grabó en su memoria la escena, respiró profundamente y siguió su camino, en dilema pero decidida a no volver más. Ella era, al fin, libre.

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